La República Independiente del Rincón de Ademuz

 

(c) Por Álvar Yáñez | Al final ocurrió. Nadie se lo tomaba en serio, pero el PIRA ganó las elecciones (LEER ARTÍCULO ANTERIOR), convocó un referéndum y, gracias al apoyo entusiasta de Carles Puigdemont —que vio en el Rincón de Ademuz la oportunidad perfecta para legitimar lo suyo sin tener que volver a pisar Cataluña—, el mundo entero reconoció la independencia de la recién nacida República Independiente del Rincón de Ademuz.

Bueno, el mundo entero no. La reconocieron Andorra, dos cuentas de Twitter, un señor de Casas Bajas que todavía no se ha enterado y Puigdemont, que envió un vídeo grabado desde Waterloo en el que decía: “El poble del Racó ha decidit pirar-se”.

Y vaya si se ha pirado.

Hoy el Rincón ya no es aquella comarca olvidada, perdida entre tres provincias y cuatro administraciones que se echaban la culpa unas a otras. Hoy es otra cosa. Hoy es una mezcla entre Andorra, Suiza y un polígono industrial de carretera nacional.

Nada más cruzar la frontera por Torrebaja, un enorme cartel da la bienvenida al visitante en varios idiomas:

“Bienvenidos/Welcome a la República del Rincón de Ademuz. Sin IVA. Sin IRPF. Sin cuotas de autónomos. Sin cobertura. Un Rincón de Libertad"

A un lado, una gasolinera vende el litro a un euro veinte, como si la guerra de Irán no existiese. Al otro, una tienda de tabaco ofrece cartones a mitad de precio y anuncia con orgullo: “Aquí el tabaco no mata: ahorra”.

Las antiguas cooperativas agrícolas se han reconvertido en duty free. Donde antes había sacos de almendra, ahora hay televisores de 75 pulgadas, móviles, robots aspiradora y freidoras de aire a precios tan bajos que media Valencia sube los fines de semana a comprar electrónica y volver a casa sintiéndose un contrabandista de lavadoras.

En Ademuz ya no se pregunta “¿qué tal va la cosecha?”. Ahora se pregunta “¿cómo va el bitcoin?”.

Porque, naturalmente, el gran milagro económico del Rincón no ha venido del turismo ni del tabaco, sino de la banca. Nadie sabe muy bien cómo empezó, pero un día abrió una oficina el Banco del Rincón Unido y, tres semanas después, ya había más sucursales que bares.

Las calles de Castielfabib están llenas de señores con traje y gafas de sol hablando por teléfono en idiomas rarísimos. Hay matrículas de Luxemburgo, de Mónaco y de algún sitio tan exótico que parece inventado.

La antigua oficina de Caja Rural de Vallanca se ha convertido en el “First International Trust & Pirín Bank”, un edificio de cristal en mitad del pueblo donde uno puede abrir una cuenta numerada, crear una sociedad instrumental y comprarse una segunda residencia en Negrón sin que Hacienda pregunte demasiado.

La República ha aprobado una ley fiscal sencilla y eficaz: pagar impuestos está mal visto. Muy mal visto. Tanto, que el himno nacional termina con una frase emocionante:

“Ni un euro para Madrid”.

El resultado ha sido espectacular. El Rincón tiene ahora el PIB per cápita más alto de la península. 

Eso sí, la independencia ha traído sus inconvenientes. El aeropuerto internacional de Casas Altas sigue siendo, de momento, un bancal con una windsock y dos gallinas. El AVE entre Ademuz y Sesga tarda tres horas porque lo hace un tractor con vagones. Y el nuevo pasaporte rincón-ademucero, de color verde oliva y con un manzano en la portada, no sirve para viajar a ningún sitio. Todavía.

Las aduanas funcionan regular. En la frontera con Santa Cruz de Moya, los agentes decomisaron la semana pasada tres jamones, un paquete de magdalenas y una Thermomix. Sospechaban contrabando de alta gama.

Pero lo mejor de todo no es el dinero. Lo mejor es la revancha. Porque ahora son los de Valencia los que dicen: “Ay, qué bonito el Rincón”. Y son los de la ciudad los que suben el sábado a comprar tabaco, móviles y whisky barato, aparcan mal en la plaza y preguntan si aquí hay nieve en agosto.

Quien no ha visto y quien nos ve...


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