Queremos una central nuclear en el embalse de Benagéber

 

© Por Álvar Yáñez | No sé cómo no se le había ocurrido antes a nadie. Llevamos años hablando de despoblación, de oportunidades, de economía verde, de fijar población al territorio, de atraer empresas, de que los jóvenes no se marchen. Y mientras tanto, ahí siguen Benagéber y Loriguilla, esperando su gran oportunidad como quien espera el autobús de línea: sabiendo que probablemente no venga nunca.

Hasta ahora.

Porque ha llegado el momento de pensar en grande. Muy en grande. Tan grande que asuste un poco. Ha llegado el momento de instalar una central nuclear en Benagéber. Y otra en Loriguilla. Una en cada punta, como quien pone dos gasolineras en la autovía, pero con más plutonio y más futuro.

Algunos dirán que es una locura. Los mismos, curiosamente, que llevan décadas defendiendo parques eólicos tan altos que los buitres pasan por debajo, macroplantas solares del tamaño de Bélgica y embalses secos convertidos en decorado de película apocalíptica. Pero una central nuclear, eso sí, eso les parece excesivo.

Y no lo entiendo. ¿Qué puede haber más ecológico que una torre de refrigeración humeando plácidamente junto al pantano de Benagéber? Imagínense la postal. El embalse, los pinares, las montañas y, al fondo, esa columna de vapor tan elegante, tan europea, tan centroeuropea. Una mezcla entre Suiza y Chernóbil, pero sin el comunismo.

Además, las ventajas son innumerables.

Primera: empleo. Ya está bien de lamentarse porque los jóvenes se van. Con una central nuclear en Benagéber no se iría nadie. Al contrario. Volverían todos. Ingenieros nucleares, físicos, geólogos, vigilantes jurados, expertos en uranio enriquecido. Benagéber pasaría de tener cien habitantes a convertirse en una pequeña Silicon Valley radiactiva.

Las inmobiliarias ya están haciendo números. “Se vende casa rural con vistas al reactor número 2”. “Chalet adosado, muy luminoso, a cinco minutos de la piscina municipal y de la zona de exclusión”.

En Loriguilla sería todavía mejor. Porque Loriguilla ya tiene experiencia en eso de mudarse a la fuerza. 

Y qué decir del turismo.

Nos empeñamos en vender siempre lo mismo: senderismo, naturaleza, tranquilidad. Un aburrimiento. El futuro está en el turismo industrial. La gente ya no quiere ver castillos ni iglesias. Quiere hacerse selfies delante de una chimenea nuclear. Quiere decir en Instagram: “Fin de semana en Benagéber. Spa rural, migas y reactor de agua a presión”.

Hasta podríamos organizar visitas guiadas.

—A su izquierda, el núcleo del reactor. A su derecha, la zona de picnic. No alimenten a las ardillas fluorescentes.

Y no olvidemos el medio ambiente. Porque, según dicen los expertos, la energía nuclear no emite CO2. Así que lo lógico es llenar la Serranía de reactores. Uno en Benagéber, otro en Loriguilla, quizá un tercero, más de andar por casa, en el azud de Tuéjar, por si acaso. Todo sea por salvar el planeta.

Los ecologistas, que son gente muy sensible, al principio protestarían. Harían pancartas, cadenas humanas y alguna performance disfrazados de setas mutantes. Pero luego acabarían viéndole el lado bueno. Porque una central nuclear también tiene fauna. Miren Fukushima. Miren Chernóbil. Donde antes había cuatro conejos y un jabalí triste, ahora hay lobos, osos, alces y hasta turistas alemanes con prismáticos.

La biodiversidad del Alto Turia se dispararía. El águila perdicera compartiría hábitat con la carpa fosforescente y el ciervo bicéfalo. Un espectáculo.

Y lo mejor de todo sería la política. Los alcaldes podrían presumir, por fin, de tener algo importante.

—¿Y vosotros qué tenéis?

—Pues una piscina climatizada y una vía ferrata.

—Bah. Nosotros tenemos un reactor de 1.200 megavatios.

No habría color.

Naturalmente, el Gobierno vendería el proyecto como una oportunidad histórica. Hablarían de transición energética, de innovación, de resiliencia territorial y de no sé cuántas palabras de esas que significan exactamente lo contrario de lo que parecen.

Vendrían ministros a hacerse fotos con casco blanco, chaleco reflectante y una pala. Dirían que el futuro empieza aquí, mientras señalan un bancal de almendros donde dentro de unos años habrá una sirena de emergencia y una valla de tres metros.

Y nosotros, como siempre, acabaríamos creyéndonoslo. Porque en el fondo llevamos tanto tiempo esperando inversiones, carreteras, médicos, fibra y futuro, que el día que nos ofrezcan una central nuclear quizá hasta demos las gracias.

Así que sí. Hagámoslo. Una central nuclear en Benagéber. Otra en Loriguilla. Quizá tres o cuatro más, ya puestos. Total, si dicen que es bueno para el medio ambiente, para la economía y para el territorio, ¿quiénes somos nosotros para dudar?

Aunque, pensándolo bien, hay una pequeña pega.

Luego, cuando esté construida, seguro que ponen la sede de la empresa en Valencia.

 

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