DOCE KILÓMETROS, por Blas Valentín
La primera vez que fui a las jornadas sobre los maquis en Santa Cruz de Moya no tuve la sensación de estar aprendiendo nada. Años después supe por qué.
Fui con mi
padre y con mi tío. Durante el viaje hablaron mucho, pero a veces callaban de
golpe y miraban el paisaje como quien reconoce algo que no necesita explicarse.
Íbamos en mi coche, un Citroën AX ya cansado que subía las emes con dificultad.
La carretera se enroscaba entre montañas ásperas y barrancos hondísimos; abajo,
muy abajo, el Turia avanzaba despacio, casi escondido.
En esos momentos mi padre y mi tío se quedaban mirando hacia
fuera, sin señalar nada. No hacía falta. Aquella era su tierra
Entre Casas
Bajas (Valencia) y Santa Cruz de Moya (Cuenca) apenas hay doce kilómetros, pero
son doce kilómetros quebrados, sobre todo ya en terreno conquense. Aparecen los
túneles, la carretera se estrecha y el paisaje obliga a bajar la voz. En esos
momentos mi padre y mi tío se quedaban mirando hacia fuera, sin señalar nada.
No hacía falta. Aquella era su tierra.
En las
laderas aparecían bancales sostenidos por piedras en lugares inverosímiles,
como si alguien hubiera decidido quedarse allí contra toda lógica.
Yo todavía no
sabía que lo importante de aquel viaje no iba a estar en las ponencias.
Recuerdo una
mesa larga, micrófonos, nombres repetidos con seguridad. Se hablaba de
estrategias, movimientos, fechas, del asalto al campamento guerrillero de Cerro
Moreno, de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, de monumentos y
sacrificios, de nombres repetidos como si todo hubiera quedado ya fijado en un
relato definitivo. Todo parecía ordenado, explicado, cerrado.
Al terminar la charla nos acercamos un momento. Mi padre intentó
explicar algo. No recuerdo exactamente qué. Las palabras no terminaban de
encajar
Mi padre
escuchaba en silencio. Mi tío asentía de vez en cuando. Yo asentía también, con
una mezcla de respeto y de una épica que entonces necesitaba, y tomaba notas
sin saber muy bien para qué.
Al terminar
la charla nos acercamos un momento. Mi padre intentó explicar algo. No recuerdo
exactamente qué. Las palabras no terminaban de encajar. Hablábamos de lo mismo,
pero no en el mismo idioma.
No era la
primera vez que me ocurría algo parecido. Tiempo atrás, junto a dos coterráneos
—un chico de una aldea de Castielfabib y una chica de Ademuz— habíamos recogido
testimonios como estudiantes en el instituto de Ademuz. Pensaba que yo iba a
recoger más testimonios que ellos. Me equivocaba.
Teníamos la
ilusión de estar salvando una verdad que se perdía, convencidos de que las
historias encajaban si se reunían las suficientes voces.
Poco a poco fui viendo que cada voz salvaba una historia distinta,
y que ninguna terminaba de coincidir con la otra
Poco a poco
fui viendo que cada voz salvaba una historia distinta, y que ninguna terminaba
de coincidir con la otra. Por mi parte, intenté entrevistar sin éxito a un
hombre manco de mi pueblo, Casas Bajas. Murió hace muchos años y hoy ya no sé
si se llamaba Eulogio o Máximo. La memoria también pierde los nombres antes que
las historias.
Quise creer
que aquel hombre había perdido el brazo por ser maqui, por una paliza, por
defender su dignidad. La historia encajaba. Daba sentido al silencio, al miedo,
incluso al paisaje.
Luego supe
que no fue así. Que el brazo lo había perdido en la guerra, como tantos otros,
sin épica ni explicación.
Cuando llegó
la cita dijo que prefería no hablar. Había cambiado de opinión. No me iba a
contar nada.
Entonces me
pareció una decepción. Hoy creo que fue una forma de proteger algo que no
necesitaba ser contado por mí.
Tardé mucho
en entenderlo.
Muchos de los guardias civiles destinados a aquellos montes venían
de la misma pobreza que los hombres a los que perseguían
Algo empezó a
incomodarme: no solo las instituciones ordenan el pasado. También nosotros
necesitamos ordenarlo. Yo necesitaba historias más claras, con verdugos y
víctimas reconocibles, donde fuera fácil saber quién era quién. Era más fácil
así.
Fui viendo
algo que entonces no alcanzaba a comprender: muchos de los guardias civiles
destinados a aquellos montes venían de la misma pobreza que los hombres a los
que perseguían. No hacía las historias más justas, pero sí menos limpias.
Aun así, en
aquellos montes el miedo no había sido igual para todos, y eso también lo
sabíamos. Algunos tuvieron que esconderse; otros no.
A la salida,
mi padre no comentó nada. Caminaba despacio, mirando el monte. Sabía cosas que
allí no se habían dicho. No porque fueran más verdaderas, sino porque
pertenecían a otro lugar.
Terminé aceptando que algunas historias no se pierden cuando no se
cuentan. Permanecen ahí, como el paisaje, esperando a que alguien deje de
intentar ordenarlas.






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