LA MENTIRA TIENE LAS PATAS LARGAS, por Blas Valentín
Mi abuela de Casas Bajas decía que la vida era una mentira.
Tardé muchos años en entender que no hablaba de engaño, sino de
estructura: de la forma que adopta el mundo cuando necesita seguir funcionando.
Durante años creí que la verdad terminaría imponiéndose. Aunque no fuera por
justicia, pensaba que lo haría por desgaste. Hoy ya no lo creo. He visto cómo
una mentira bien situada no solo sobrevive: asciende y se institucionaliza.
"No
necesitan razón: necesitan un público. La gente busca certezas encarnadas,
seres seguros que no vacilan"
Conocí perfiles que vivían del conflicto y se alimentaban de él.
No buscaban resolver nada: necesitaban mantenerlo activo. Allí donde actuaban
—en instituciones, cargos o causas— esa confrontación se convertía en
identidad.
Cuando se legitima, el conflicto aprende a sobrevivir y a exigir
continuidad.
Estos perfiles no solo suelen prosperar cerca del poder: lo
buscan.
Medran en los cargos visibles, en los espacios públicos donde la
palabra se convierte en arma y la épica sustituye al razonamiento. Allí donde
se reparte legitimidad moral, la acusación pesa más que la prueba y la
seguridad en la dicción suplanta al argumento.
No necesitan razón: necesitan un
público. La gente busca certezas encarnadas, seres seguros que no vacilan. Y lo
encuentran donde el conflicto ofrece ascenso, protección y escena. En
situaciones de incertidumbre, la seguridad arrastra más que la bondad. Se sigue
antes a quien no duda que a quien duda bien.
Hay relatos que ya no necesitan
demostración: les basta con que encajen en el clima moral del momento.
La mentira no duda cuando sabe que
será respaldada.
"La
mentira vence porque ocupa mejor el espacio del conflicto"
En ese proceso, los medios de
comunicación funcionan como amplificadores de sentido y como escenarios. No se
limitan a contar lo que ocurre: lo convierten en escena, le dan ritmo, bandos y
continuidad. Al fijar el conflicto como formato —titular, tertulia, relato
moral— lo hacen circular sin resolverlo. El conflicto deja de ser un problema
que se explica y pasa a ser un recurso que se administra. Y lo que se
administra, cuando se repite lo suficiente, acaba imponiéndose.
La mentira vence porque ocupa
mejor el espacio del conflicto. Donde la verdad avanza con lentitud, la mentira
irrumpe con escena, con ruido, con relato. Da identidad, reparte papeles,
ofrece un escenario. No necesita ser completa ni coherente: funciona cuando es
visible, repetible y útil para alguien. La mentira prospera cuando encuentra
mentes dispuestas a habitarla.
"El
mundo necesita relatos estables para seguir funcionando, aunque no sean
verdaderos"
En Crónica de una muerte anunciada
todos conocen la verdad y, sin embargo, nadie detiene el crimen. El crimen no
ocurre por ocultación, sino por exceso de versión: rumores, excusas,
desplazamientos mínimos de responsabilidad. La verdad circula, pero no actúa.
La mentira —difusa, compartida— organiza el mundo con más eficacia que los
hechos.
Eso es, en el sentido más exacto,
la lógica de La sociedad del espectáculo: una realidad donde lo verdadero deja
de importar si no produce imagen, y donde el conflicto, convertido en escena,
se mantiene vivo a base de repetición, dramatización y consumo. Y ahí encuentra
su fuerza.
Tal vez por eso aquella frase de
mi abuela no me ha abandonado. El mundo
necesita relatos estables para seguir funcionando, aunque no sean verdaderos.
La verdad, en cambio, es frágil, lenta, incómoda. No organiza. No moviliza. No
da carrera.
Exige
algo que cada vez resulta más insoportable: dejar de refugiarnos en la mentira que nos conviene.






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