“Tu casa como te la mereces”

© Alvar Yáñez | Una calle inundada de la Safor, varios coches bajo el agua y un cartel inmobiliario que promete la vivienda de nuestros sueños. El urbanismo mediterráneo tiene estas cosas: a veces la realidad se encarga de redactar la publicidad.

Hay fotografías que necesitan un pie de foto. Otras, un reportaje entero. Y luego están esas imágenes que parecen haber sido preparadas por un humorista con muy mala leche, aunque en realidad las haya compuesto la naturaleza con la colaboración involuntaria de varias décadas de urbanismo mediterráneo.

La imagen de una calle inundada en uno de los municipios de la Safor afectados por la DANA Adam pertenece a esta última categoría.

El agua cubre el asfalto, los coches asoman tímidamente como hipopótamos de colores y las señales de dirección prohibida parecen dirigirse, por primera vez en su historia, a los peces. Las viviendas siguen ahí, rodeadas por una piscina comunitaria que nadie pidió y cuyo mantenimiento, mucho me temo, no figuraba en los gastos de comunidad.

Y en mitad de semejante panorama, un cartel publicitario proclama con admirable entusiasmo:

«TU CASA COMO TE LA MERECES».

Es difícil encontrar una frase más inoportuna. Y, al mismo tiempo, más representativa de una determinada manera de entender el urbanismo en el litoral mediterráneo.

Porque durante años hemos vendido viviendas con vistas al mar. Después, viviendas cerca del mar. Más tarde, viviendas a diez minutos del mar. Y finalmente hemos conseguido la gran innovación inmobiliaria del siglo XXI: viviendas a las que el mar —o el agua de las crecidas— viene a visitar sin necesidad de coger el coche.

La publicidad siempre va por delante de su tiempo.

Conviene aclarar algo antes de continuar: los vecinos de esa calle no tienen ninguna culpa de que el agua haya decidido empadronarse en sus casas. Son ellos quienes han sufrido las pérdidas, los daños, el miedo y la angustia. Y son ellos quienes merecen toda la ayuda, la solidaridad y las soluciones posibles.

El chiste no está en sus viviendas inundadas. El chiste está en un modelo territorial que lleva décadas comportándose como si el agua no supiera leer los planes urbanísticos.

Se vende magnífico adosado con acceso directo al cambio climático

En algún momento de nuestra historia reciente, alguien debió de concluir que los barrancos eran una especie de extravagancia geográfica. Unos surcos molestos en el paisaje que ocupaban un espacio estupendo para levantar urbanizaciones, aparcamientos, avenidas y centros comerciales.

Naturalmente, no todos los desarrollos urbanos están en zonas inundables ni todas las inundaciones responden a las mismas causas. Pero en demasiados lugares del Mediterráneo hemos construido, impermeabilizado y transformado el territorio sin conceder suficiente importancia a cómo circula el agua cuando llueve de verdad.

Y aquí, cuando llueve de verdad, no suele hacerlo con la delicadeza de una regadera de geranios.

Durante años, el progreso se midió en grúas. Cuantas más grúas, más prosperidad. Cuanto más hormigón, más futuro. Si había un campo, se urbanizaba. Si había una acequia, se canalizaba. Si había un barranco, se le pedía amablemente que no molestara.

El barranco, por supuesto, nunca firmó el acuerdo.

Mientras tanto, los folletos inmobiliarios prometían tranquilidad, naturaleza, calidad de vida y espacios abiertos. Lo de la naturaleza era especialmente interesante, porque consistía en eliminar buena parte de ella para después plantar tres palmeras junto a la piscina y bautizar la promoción como Residencial Paraíso Natural.

Una operación de marketing impecable.

Ahora bien, el agua tiene una característica que la convierte en una pésima clienta para las promotoras: no respeta las parcelas. No distingue entre suelo urbano y rústico, no consulta al concejal de Urbanismo y jamás solicita licencia de primera ocupación.

Simplemente sigue su camino.

Y si encuentra una calle donde antes había un espacio natural de desagüe, pues utiliza la calle. Si encuentra un garaje, entra. Si encuentra un muro, lo rodea o lo derriba. Y si encuentra un cartel que dice «Tu casa como te la mereces», pasa por delante sin detenerse a valorar la ironía.

Lo verdaderamente preocupante es que después de cada temporal descubrimos, con extraordinaria sorpresa institucional, que el agua moja.

Se convocan reuniones, se encargan estudios, se anuncian actuaciones urgentes y se pronuncia la palabra «resiliencia» tantas veces que uno acaba pensando que debe de ser una nueva variedad de cemento.

Luego vuelve el sol, llegan los turistas, se reabren las terrazas y el Mediterráneo recupera su sonrisa de folleto publicitario.

Hasta la próxima.

Porque el problema no es construir viviendas. La gente necesita casas, y las necesita asequibles, seguras y bien situadas. El problema es haber confundido durante demasiado tiempo el derecho a construir con la obligación de construir en cualquier parte, sin atender suficientemente a los riesgos naturales y a las consecuencias de transformar el territorio.

Y eso no se arregla culpando al vecino que compró una casa con sus ahorros, confiando en que las administraciones, los técnicos y la normativa habían hecho su trabajo.

Se arregla planificando mejor, respetando las zonas inundables, conservando espacios que permitan evacuar el agua y dejando de tratar cada metro cuadrado sin hormigonar como una oportunidad de negocio desperdiciada.

Porque el verdadero lujo inmobiliario del futuro no será tener jacuzzi, cocina americana ni una terraza con vistas a la puesta de sol.

Será poder dormir tranquilo cuando AEMET anuncie lluvias torrenciales.

Vuelvo a mirar la fotografía.

Los coches continúan medio sumergidos. Las casas esperan que baje el agua. Sus habitantes tendrán por delante días difíciles, gastos imprevistos y una recuperación que ningún anuncio publicitario puede endulzar.

Y el cartel sigue ahí, proclamando imperturbable:

«Tu casa como te la mereces».

Quizá haya llegado el momento de cambiar el eslogan.

Yo propongo uno menos comercial, pero bastante más útil:

«Tu casa donde el agua no tenga que pedirte permiso para pasar».

Aunque, pensándolo bien, eso exigiría algo revolucionario en el urbanismo mediterráneo: escuchar a los barrancos antes que a las excavadoras.

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