La paradoja valenciana: Cuando la lluvia destruye y salva al mismo tiempo

El mismo temporal que el miércoles dejó daños e incidencias en numerosos puntos de la provincia de Valencia se convirtió, kilómetros tierra adentro, en un inesperado aliado contra el incendio forestal de Tuéjar. Una contradicción que recuerda hasta qué punto la naturaleza puede mostrar dos caras completamente opuestas en cuestión de horas.

Hay días en los que la naturaleza parece contradecirse a sí misma. El miércoles fue uno de ellos en la provincia de Valencia. Mientras la lluvia caía con una intensidad capaz de provocar problemas, inundaciones y daños, esas mismas nubes descargaban sobre las montañas del interior un agua que allí era recibida casi como una bendición.

En Tuéjar, después de jornadas de fuego, humo y preocupación, comenzó a llover.

Y la lluvia ayudó.

Las condiciones meteorológicas se aliaron con los servicios de emergencia que combatían el incendio forestal y contribuyeron a mejorar considerablemente su evolución. El agua empapó una vegetación castigada por el fuego, aumentó la humedad y redujo la capacidad de las llamas para continuar avanzando.

Era exactamente la misma lluvia que, en otros lugares, estaba causando problemas.

Cuando no existe una naturaleza buena o mala

Resulta tentador hablar de una naturaleza destructiva cuando un temporal provoca inundaciones o de una naturaleza generosa cuando la lluvia ayuda a apagar un incendio. Pero probablemente ambas cosas forman parte del mismo fenómeno.

La naturaleza no distingue entre el agua que salva un bosque y la que anega una carretera. No decide dónde debe llover ni cuánto daño o beneficio provocará cada litro que cae del cielo.

Todo depende del lugar, del momento y de la intensidad.

El agua es posiblemente uno de los mejores ejemplos de esa dualidad. Sin ella no existirían los bosques, los cultivos ni los ríos. Es imprescindible para la vida y constituye además una de las principales herramientas para combatir un incendio. Sin embargo, cuando llega en cantidades extraordinarias y en muy poco tiempo, esa misma agua puede transformar barrancos y ramblas, arrastrar vehículos, inundar viviendas y poner vidas en peligro.

Algo parecido ocurre con el fuego. Es un elemento natural presente en numerosos ecosistemas y durante milenios ha formado parte de su evolución. Pero cuando se descontrola, puede convertirse en una fuerza devastadora capaz de transformar miles de hectáreas en cuestión de horas.

Y el miércoles, fuego y agua se encontraron en Tuéjar.

La imagen resulta especialmente poderosa: mientras una parte de la provincia miraba al cielo con preocupación y deseaba que dejara de llover, en las montañas afectadas por el incendio se esperaba exactamente lo contrario.

Que siguiera lloviendo.

Es difícil encontrar una representación más clara de la complejidad de la naturaleza.

Lo que para unos era amenaza, para otros era alivio. Lo que podía obligar a intervenir a los servicios de emergencia en un municipio podía facilitar enormemente su trabajo unas decenas de kilómetros más allá.

La lluvia no borró las consecuencias del incendio de Tuéjar ni sustituyó el enorme esfuerzo realizado por los medios terrestres y aéreos, bomberos, brigadas forestales y el resto del dispositivo desplegado durante la emergencia. Pero apareció en un momento decisivo y modificó las condiciones en las que todos ellos estaban trabajando.

Después de tantos días mirando al cielo buscando humo, aquel miércoles hubo motivos para buscar nubes.

Quizá ahí esté la verdadera paradoja.

La provincia de Valencia sufrió una jornada en la que el agua volvió a demostrar que puede convertirse en una fuerza extraordinariamente destructiva. Pero, al mismo tiempo, esa misma lluvia cayó sobre una tierra que ardía y ayudó a frenar el fuego.

La naturaleza que golpeaba era también la naturaleza que ayudaba.

No fueron dos fenómenos distintos.

Fue la misma lluvia.

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