LA VIDA INTERMITENTE, por Blas Valentín
Un pueblo no se vacía de golpe. Primero falta una persiana abierta. Luego una silla en la puerta. Después una voz en la plaza. Al final llega la cifra, limpia y cruel: Casas Bajas, mi pueblo, tenía 286 habitantes en el padrón del año 2000; en el de 2025, apenas 158.
Y, sin embargo, Casas Bajas se mueve más que hace unos años. Hay
música, conciertos, carreras, fiestas, veraneantes, exposiciones, turismo de
montaña, pruebas deportivas y servicios que antes parecían impensables. Al
viejo veraneo que observé desde niño se le ha sumado ahora un movimiento más
organizado, ligado a la cultura, al deporte, al turismo y a las estancias
breves. No solo organiza actos culturales o festivos: también ha convertido
parte de su territorio en escenario de conciertos, rutas, enduro y visitantes
de fin de semana. Hay en todo eso una energía asociativa poco común en un
pueblo tan pequeño. A ratos incluso parece lleno. Pero una cosa es que un
pueblo tenga actividad y otra, más difícil, es que tenga vida permanente.
Las actividades salvan días, fines de semana, veranos,
fotografías. Pero la despoblación se decide en otra parte: trabajo, vivienda,
hijos, escuela, invierno, continuidad.
Ahí está la paradoja. Un pueblo puede tener más carteles que nunca
y menos vecinos que nunca. Puede recibir ciclistas, senderistas, turistas,
músicos, corredores, gente de paso. Puede llenar una plaza en agosto y quedarse
casi mudo en enero. Puede parecer vivo en las imágenes y, sin embargo, perder
lentamente algo que no cabe en una fotografía: no el encuentro, que todavía
resiste, sino la cantidad de vidas que lo volvían inevitable.
No conviene despreciar nada de lo que se hace. Sería injusto. Cada
fiesta, cada carrera, cada ruta, cada concierto o encuentro cultural sostiene
algo, aunque no sostenga lo decisivo. Donde no ocurre nada, la muerte avanza
más deprisa. Pero también hay que decirlo: llenar un calendario no asegura un
futuro.
La actividad no arraiga por sí sola. A veces ilumina un día y se
apaga al siguiente. Trae gente, pero no garantiza vecinos. Mueve economía,
anima calles, llena bares, permite que un pueblo aparezca durante unas horas en
el mapa. Pero vivir en un pueblo es otra cosa: abrir en noviembre, encender una
luz en febrero, llevar a un niño al colegio, comprar el pan un martes
cualquiera.
La despoblación no es solo una pérdida de habitantes. Es una
pérdida de repeticiones, de gestos que parecían menores hasta que desaparecen:
el ruido de una casa que vuelve a tener cena, el humo en una chimenea, la
persiana que sube todos los días, no solo en vacaciones. Un pueblo vive de esas
pequeñas insistencias. Cuando fallan, puede quedar belleza, patrimonio,
paisaje. Pero la vida empieza a volverse intermitente.
Y eso es lo más difícil de aceptar: que un pueblo puede mejorar y
vaciarse al mismo tiempo. Puede tener más servicios, más actividades, más
presencia pública, más visitantes, y aun así perder población. No faltan
iniciativas culturales, festivas o deportivas, pero falta lo que ningún cartel
garantiza por sí solo: empresas, trabajo estable, vivienda posible, familias
que se queden, jóvenes que no tengan que marcharse, relevo que asegure el día
siguiente.
Tampoco hay que olvidar algo que se dice poco: muchos pueblos no
se sostienen solo por quienes nacieron allí, sino también por quienes llegaron
después. Familias venidas de otros lugares, de España o de fuera, han mantenido
abiertas casas, trabajos, escuelas, calles. Sin esos nuevos vecinos, la cifra
sería aún más dura.
También sostiene parte de esa vida, de manera menos visible, el
empleo público o semipúblico: brigadas, trabajos de mantenimiento, limpieza de
caminos, arreglo de calles, pequeñas tareas que no solo cuidan el término, sino
que permiten a algunas personas quedarse. En pueblos así, un contrato no es
solo un contrato: puede ser la diferencia entre permanecer o marcharse.
Casas Bajas no es una excepción. Es un síntoma. Lo que allí ocurre
se repite, con matices, en tantos pueblos pequeños: una lucha constante por no
desaparecer convertidos en postal. Todo eso importa. Pero el riesgo es
confundir la visita con la permanencia, la agenda con la vida, el verano con el
año.
Un pueblo no necesita solo que vayan a verlo. Necesita que alguien
pueda quedarse.
No basta con llenar una plaza de vez en cuando. Hay que
preguntarse quién abrirá las casas cuando termine la fiesta, quién trabajará
allí cuando se apaguen los altavoces, quién podrá quedarse cuando llegue la
edad de marcharse.
La España vaciada no se vacía por falta de encanto. Muchos de esos
pueblos son hermosos, quizá más cuidados que nunca. Se vacía porque la belleza
no paga una vida, porque el paisaje no sustituye un sueldo, porque la memoria
no basta para criar hijos. Uno puede querer mucho un lugar y, aun así, no
encontrar forma humana de permanecer en él.
Las actividades ayudan, las fiestas importan, el turismo suma y la
cultura dignifica. Pero ninguna de esas cosas convierte la visita en
permanencia. Nada de eso debería servir para tapar la pregunta decisiva: cuánta
gente sostiene allí la vida diaria y cuánta está ya solo de paso, aunque figure
en el padrón o vuelva todos los años.
Un pueblo no se vacía de golpe. Tampoco se salva de golpe. Se
salva, si se salva, cuando la vida deja de ser un acontecimiento y vuelve a ser
costumbre.
Hasta entonces, la cifra seguirá ahí, esperando al final de todos
los carteles: 286 habitantes en el padrón del año 2000; 158 en el de 2025.
Entre un número y otro no solo hay menos vecinos. Hay menos voces, menos casas
habitadas, menos futuro.
Porque un pueblo puede tener muchas actividades y, aun así, estar
aprendiendo a quedarse solo.






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