EL MACHO, por Blas Valentín
Era el último macho del pueblo. Murió en la cuadra de mi padre.
Durante años cargó
cajones de tomates, haces de leña, sacos de patatas y de almendras. También
subía alfalfa y la mies del verano. Caminaba por senderos de aliagas donde
ningún tractor podía entrar. Subía y bajaba por veredas de tierra que en
invierno eran barro y en verano polvo.
Por las mañanas esperaba en la cuadra mientras mi padre lo aparejaba. Olía
a paja y a estiércol. Luego salían hacia el monte. El carro avanzaba despacio por los caminos.
Una vez,
cuando yo era niño, tuvimos que detener el carro cargado de almendras en uno de
los túneles de la carretera para dejar pasar la Chelvana, el autobús que venía
de Valencia. El conductor tocó el claxon y el ruido retumbó en la bóveda de
piedra. Mi padre apartó el carro todo lo que pudo y el autobús pasó rozándonos.
El macho ni siquiera se movió.
Trabajó
así durante muchos años.
Con el tiempo empezó a parecerme de otra época. A veces me incomodaba que siguiera en la cuadra de casa.
En el
pueblo circulaban coches y tractores. El suyo era el último macho.
Hasta
que un invierno enfermó.
Quedó en
el suelo de la cuadra, sin poder levantarse. Mi padre lo intentó varias veces,
pero el animal no respondía.
Al final
pidió ayuda a algunos hombres del pueblo. Ataron sogas a una viga del techo y
tiraron entre todos hasta levantarlo.
Durante
unos segundos lo sostuvieron con las sogas. Luego empezaron a aflojarlas.
Pareció
que el macho se mantenía.
Pero
dobló las patas y volvió a caer.
Ya no
volvieron a intentarlo.
Al día
siguiente llegó el veterinario.
—No hay nada que hacer —dijo, y sacó la aguja.
Cuando
clavó la aguja, el macho levantó la cabeza y miró a mi padre.
Mi padre
sostuvo la mirada y luego se apartó.
Fue la
primera vez que lo vi llorar.
Después
de aquel macho, la cuadra quedó vacía.

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