VIGILAR LAS VÍAS, por Blas Valentín
Tras el
accidente ferroviario ocurrido en Adamuz el pasado domingo, he vuelto a una
experiencia que creía cerrada. En 2004, después del 11-M, fui enviado como
oficial al frente de una unidad encargada de vigilar infraestructuras ferroviarias
en el eje Córdoba-Adamuz.
La primera
vez que crucé Despeñaperros fue en 2004. Hasta entonces, Andalucía era solo un
nombre al otro lado del mapa. Íbamos hacia el sur tras los atentados del 11 de
marzo. Veníamos de Valencia: una unidad desplazada, enviada a vigilar
infraestructuras sensibles. Entre ellas, las vías del tren.
Recuerdo
con nitidez la sensación de avanzar en cabeza ya entrada la noche, con una
hilera interminable de vehículos detrás. No había orgullo en eso. Nunca lo
hubo. Había conciencia de riesgo: saber que cada decisión —una parada, un
desvío, una orden mal dada— tenía consecuencias inmediatas sobre otros.
Mandar no
siempre es ejercer poder. A veces es asumir que el margen de error es mínimo y
que el deber consiste en sostener un orden suficiente para que nada se rompa.
En Cerro
Muriano entendí pronto que la disciplina también puede ser una forma de
intemperie. Una jerarquía rígida, sin abrigo, diseñada para no conceder margen.
Veníamos de fuera, de Valencia, con otros ritmos y otra manera de entender el
mando.
Los partes
de los mandos de la base militar andaluza me llegaban uno tras otro. Procedían
de una estructura de infantería inflexible de códigos cerrados, poco dada al
matiz: advertencias verbales, llamadas telefónicas, informes procedimentales.
Las sanciones dejaron de ser excepción para convertirse en el clima habitual.
Mis
soldados acumulaban sanciones; yo, llamadas recurrentes al despacho del mando
superior para responder por ellos y sostener una disciplina que no admitía
contexto. Las exigencias llegaban directas, sin atender a las condiciones de
trabajo ni al hecho de ser una unidad desplazada, sin una red propia que
amortiguara ese desgaste.
En ese
punto entendí que la soledad del mando no es un estado de ánimo, sino una
condición operativa: demasiada responsabilidad para diluirse, demasiada
exposición para sentirse respaldado.
Una de las
noches, agotado de quejas y sanciones, reuní a la tropa bajo la luz mortecina
de una farola, frente al módulo donde dormíamos. No para arengar, sino para
contener.
Dije lo
esencial en un contexto donde el mando no siempre venía acompañado de respaldo:
que el cambio había sido brusco para todos; que estábamos en una unidad ajena,
bajo códigos que no eran los nuestros; que allí cualquier gesto contaba; que, a
partir de ese momento, silencio escrupuloso al entrar al comedor, orden, botas
limpias y un cuidado extremo en los detalles visibles, incluso en los que
parecían irrelevantes.
Al final,
les hablé del cambio: del que estaban viviendo ellos y del que yo había vivido
años atrás, cuando salí del Rincón de Ademuz para estudiar en Valencia. De
pasar de un pueblo pequeño a una ciudad enorme. De una casa con mulo en la
cuadra a un piso desangelado y anónimo. De sentirse fuera de lugar incluso
cuando uno cumple.
Mandar así
es una forma de soledad. Estar al frente sin pertenecer del todo. Tomar
decisiones sin intermediarios, sostener un orden suficiente para que el
conjunto funcione. La soledad no era una emoción; era el marco desde el que
había que operar.
Durante la
vigilancia de las vías, ya fuera de Cerro Muriano, algunas noches bajaba del
Nissan una y otra vez, de un puesto a otro. No era un paseo: era comprobar que
la vigilancia seguía viva. Medir el cansancio ajeno, el tedio, como quien mide
una grieta antes de que se abra.
Los que
estaban de turno caminaban pegados a las vías con el cuello metido entre los
hombros, no por el frío, sino por el sueño. Eran pocos. Se movían despacio, sin
conversación, con esa economía de gestos que aparece cuando hablar ya cuesta.
Las linternas dibujaban un tramo breve de balasto; el resto era oscuridad.
Los demás
dormían en los vehículos, a relevos: tres horas fuera, tres horas dentro.
Dentro de los Nissan se oían ronquidos y esa respiración irregular que tiene la
tropa cuando por fin se apaga. Afuera caía una lluvia fina, insistente, sin
épica.
Me detenía
lo justo, preguntaba lo imprescindible —“¿cómo estáis, cómo va todo?”—, recibía
la respuesta exacta —“sin novedad”— y seguía. No hacía falta más.
Aquella
tarea se sostenía con lo mínimo: presencia, turnos, ojos abiertos.
Fue
entonces cuando entendí algo incómodo: que incluso ese control atento puede
convertirse en una ilusión. Pero el azar no entiende de uniformes ni de
horarios. Pasa cuando quiere.
Vigilábamos
las vías en Adamuz. El nombre me resultó inquietantemente cercano: apenas una
vocal distinta al de mi comarca, lo justo para no ser lo mismo.
No era mi
pueblo, ni se le parecía. Era llano, abierto, anónimo. Rectas largas, fachadas
sin resguardo, una geometría sin memoria.
Y, sin
embargo, ese leve parecido bastó para descolocarme. No consuela encontrar algo
propio donde todo es ajeno. Solo confirma que uno puede llevar su tierra
consigo incluso cuando ya no la reconoce en ningún sitio.
Hoy, tras
el accidente ferroviario ocurrido en Adamuz, vuelvo a pensar en aquellas
noches. En la confianza frágil que depositamos en lo que parece seguro. En la
idea, siempre tentadora, de que basta con vigilar para que nada ocurra.
Quizá
vigilar las vías no consista solo en evitar que algo ocurra, sino en aceptar
que no todo puede evitarse y, aun así, permanecer. Mantener los ojos abiertos,
aun sabiendo que no basta. Aprender a mirar con cuidado los lugares por donde
pasa lo que nos sobrevive.







Comentarios
Publicar un comentario