Una neumonía en Ademuz
© BLAS VALENTÍN | Uno cree que la enfermedad es algo que llega de fuera. Un virus, un bicho, una mala racha. Algo ajeno, accidental. Hasta que un día descubre que el cuerpo no olvida nada. Que guarda memoria. Y que, cuando puede, pasa la factura.
Volví al pueblo con frío en los huesos. No un frío cualquiera,
sino ese que se instala por dentro, como una chapa mal colocada en el pecho.
Caminaba por los arrabales, cerca del río, y sentía una coraza metálica,
desabrida, cerrándose poco a poco. No dolía todavía, pero avisaba.
Uno aprende tarde que la salud no es un estado natural, sino una
tregua.
El termómetro marcaba más de treinta y nueve. La fiebre ondeaba
sus fatigadas banderas.
Escalofríos, dolor en el pecho —como a carne viva—, dolor de
cabeza, mareos.
Los años de fumador —eso que uno cree superado, archivado,
cancelado— seguían ahí.
No en la conciencia, sino en los bronquios. Puertas mal cerradas.
Hendiduras donde cualquier bicho, aparentemente neutral, encuentra acomodo.
El pasado no desaparece. Uno piensa que ha pasado página, que ya
no es aquel de antes. Pero el cuerpo no olvida con la misma facilidad. Guarda
lo que pudo y lo que no supimos cuidar.
Y cuando llega la fiebre, cuando falta el aire y el pecho se
vuelve un territorio hostil, se entiende algo elemental: hay daños que no se
anuncian y decisiones que parecen inocuas, cuya factura llega cuando ya no hay
discusión posible.
Cuando fui a urgencias, en Ademuz, no hubo colas interminables ni
pasillos saturados. Nadie muriéndose de espera, como ocurre en las grandes
ciudades. Un médico joven, resolutivo, me miró sin solemnidad.
—No es gripe. No es COVID. Has fumado muchos años. Has dejado una
puerta abierta.
Así, sin dramatismo. Como se dicen las cosas importantes.
Esto ya no era una molestia: era serio. Antibióticos orales. Un
pinchazo en el culo que me dejó andando torcido hasta el coche. Y la certeza,
por primera vez clara, de que el cuerpo no es un aliado automático.
La neumonía no vino a enseñarme nada: no trae mensajes ni
moralejas, simplemente ocurre. Pero en ese ocurrir se cae una ilusión: la de la
eternidad cotidiana. Esa con la que pensamos el trabajo, los proyectos, las
discusiones, las urgencias falsas. Vivimos como si el horizonte de la finitud
fuera una abstracción literaria.
No lo es.
La salud es un bien silencioso porque no se nota mientras está.
Solo se revela cuando empieza a fallar. Entonces todo se recoloca: el tiempo,
el orgullo, la prisa, incluso el pensamiento. El cuerpo, que parecía un
escenario secundario, reclama el centro.
He pasado largas temporadas en Sevilla y he vuelto al pueblo. Y en
ese regreso, con el frío encima y el cuerpo más expuesto de lo que uno cree,
aparece una evidencia que solemos olvidar: nada está garantizado. Hay atención,
y la conciencia tardía de que vivir no es acumular fuerzas, sino saber
sostenerse cuando empiezan a faltar.
Nada heroico en todo esto. Ninguna épica.
Solo la constatación —incómoda, pero clara— de que el cuerpo
resiste mientras puede.
Y de que nunca hubo garantías.








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