Jaume I vuelve a València y descubre que ahora lo difícil no es conquistarla, sino alquilarla

© por Álvar Yáñez | València, capital mundial de la acampada 

València ha conseguido este fin de semana algo que parecía imposible: tener dos acampadas simultáneas y que en ninguna de las dos resulte fácil conseguir una vivienda.

En el Parc Central ha acampado Jaume I. En la plaza del Ayuntamiento han acampado quienes reclaman una casa. Entre unos y otros hay aproximadamente 750 años de diferencia, pero visto cómo está el mercado inmobiliario valenciano, quizá los segundos deberían acercarse a los primeros y preguntarles cómo lo hicieron.

Porque Jaume I llegó a València en el siglo XIII y aquello funcionaba de otra manera. Uno conquistaba una ciudad, repartía unas tierras y asunto solucionado. Ahora intentas conquistar un piso de 60 metros cuadrados en Patraix y necesitas contrato indefinido, dos nóminas, tres meses por adelantado, avalista, seguro de impago, árbol genealógico y probablemente demostrar que uno de tus antepasados estuvo presente en la toma de València de 1238.

Hemos avanzado muchísimo.

La paradoja del fin de semana es maravillosa. En el Parc Central tenemos un campamento medieval con pabellón real, caballos, nobles, soldados, escribanos, armaduras y demostraciones sobre cómo era la sociedad del siglo XIII. En la plaza del Ayuntamiento tenemos tiendas de campaña, asambleas y jóvenes organizándose para protestar porque pagar un alquiler se está convirtiendo en una disciplina olímpica.

En un campamento explican cómo se vivía hace 750 años.

En el otro explican por qué algunos empiezan a sospechar que dentro de poco habrá que volver a vivir como hace 750 años.

Yo propondría fusionarlos.

Sería mucho más práctico.

Que Jaume I salga del Parc Central a caballo, llegue hasta la plaza del Ayuntamiento y pregunte:

—¿Qué reclamáis?

—Una vivienda digna.

—¿Y no tenéis tierras?

—No.

—¿Casas?

—Tampoco.

—¿Feudos?

—Menos.

—¿Entonces para quién trabajáis?

—Para pagarle el piso a otro.

Aquí probablemente el Conqueridor se bajaría del caballo y pediría que le explicaran despacio en qué momento perdimos la guerra.

Porque esa es la parte verdaderamente extraordinaria de nuestra civilización. Hemos pasado de los castillos sin calefacción, las epidemias y las letrinas comunitarias a tener fibra óptica de un giga para poder consultar en tiempo real que un estudio de 28 metros cuadrados cuesta 950 euros.

Progreso.

También existen diferencias importantes entre ambos campamentos.

En el de Jaume I puedes visitar el pabellón real.

En el de la vivienda, como sigan subiendo los alquileres, un pabellón real será cualquier tienda Quechua de tres plazas.

En uno hay caballeros.

En el otro hay gente haciendo números.

Y no sé qué daba más miedo en el siglo XIII, si enfrentarse a una carga de caballería o abrir Idealista un lunes por la mañana.

Lo verdaderamente fascinante es que las dos Valèncias conviven a pocos minutos de distancia. Una ciudad recrea orgullosamente su pasado mientras otra parte de la ciudad protesta angustiada por su futuro.

Quizá esa sea la mejor exposición histórica que podíamos organizar.

Ni museo, ni recreadores, ni armaduras.

Basta con caminar desde el Parc Central hasta la plaza del Ayuntamiento.

Sales del siglo XIII, recorres un par de calles y llegas al XXI.

Y descubres que hemos inventado los teléfonos inteligentes, los coches eléctricos, la inteligencia artificial, los trasplantes de corazón y los cohetes reutilizables, pero todavía seguimos discutiendo sobre una cuestión bastante más sencilla: dónde demonios va a vivir la gente.

Eso sí, hay una ventaja.

Si la cosa sigue así, para el 9 d’Octubre de 2030 el Ayuntamiento ya no tendrá que contratar recreadores para montar el campamento medieval.

Con dejar subir un poco más los alquileres tendremos siervos, campamentos y gente sin tierras completamente gratis.

Y eso, amigos míos, sí que es fidelidad histórica.

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