LA HUELGA DE LOS BOLÍGRAFOS

© Por Alvar Yáñez del Rincón | Hay algo admirable en la capacidad de lucha del profesorado.

Llevan semanas defendiendo sus derechos laborales. Han hecho huelga. Han salido a la calle. Han denunciado la pérdida de poder adquisitivo. Han exigido mejoras salariales. Han reclamado menos burocracia, más recursos y mejores condiciones.

Y hacen bien.

Porque a nadie le gusta cobrar menos de lo que considera justo.

El problema llega cuando uno es padre.

Porque entonces septiembre aparece en el horizonte como una película de terror de bajo presupuesto. Sabes que viene. Sabes que va a doler. Y sabes que nadie va a salvarte.

Empieza siempre igual.

Un día cualquiera aparece un documento enviado por el centro escolar. No es una lista de material. Es el inventario de una pequeña papelería de tamaño medio.

Dos cuadernos de una raya.

Tres cuadernos de dos rayas.

Uno de cuadros grandes.

Otro de cuadros pequeños.

Doce lápices.

Cinco bolígrafos azules.

Tres negros.

Dos rojos.

Pegamento.

Tijeras.

Carpetas.

Fundas.

Archivadores.

Rotuladores.

Cerillas nucleares enriquecidas con uranio de tercera generación.

Y alguna cosa más que probablemente solo exista en una dimensión paralela.

Los padres obedecemos.

Vamos a las librerías.

Hacemos cola.

Pagamos.

Y volvemos a casa con una factura que haría llorar a un ministro de Hacienda.

Luego llega junio.

Y descubres que tu hijo ha utilizado aproximadamente un 17% del material comprado.

Aparecen cuadernos intactos.

Paquetes enteros de folios.

Rotuladores sin estrenar.

Carpetas vírgenes.

Bolígrafos que jamás tocaron un pupitre.

Material suficiente para escolarizar a una pequeña república centroeuropea.

Pero en septiembre volvemos a empezar.

Porque las listas regresan cada año con la misma ilusión con la que regresan los mosquitos.

Por eso resulta curioso escuchar algunas reivindicaciones.

Los docentes denuncian, con razón, la pérdida de poder adquisitivo.

Mientras tanto, miles de familias hacen malabarismos para asumir gastos escolares cada vez mayores.

Familias donde muchas veces el sueldo conjunto del hogar no alcanza el de algunos funcionarios que hoy están en huelga.

Familias que también han visto subir la luz.

La gasolina.

La hipoteca.

El alquiler.

La cesta de la compra.

Y que, además, financian cada septiembre una pequeña sucursal de la industria papelera nacional.

Lo extraordinario es que nadie parece encontrar contradicción alguna.

Se protesta porque faltan recursos.

Pero los recursos llegan puntualmente desde los bolsillos de los padres.

Se reclama dignidad salarial.

Mientras se normaliza que una familia tenga que gastar cientos de euros al inicio de cada curso sin rechistar.

Y así seguimos todos.

Los profesores luchando por sus derechos.

Los padres luchando por llegar a fin de mes.

Y las papelerías preparándose para una nueva temporada de cosecha.

Quizá haya una solución.

Quizá todo ese material sobrante que reaparece cada junio podría aprovecharse mejor.

No digo reutilizarlo, que eso sería demasiado revolucionario.

Digo darle un uso verdaderamente útil.

Por ejemplo, fabricar merchandising para la próxima huelga.

Con los miles de bolígrafos sin gastar podrían imprimirse consignas reivindicativas.

Con los cuadernos vacíos podrían editarse manifiestos.

Y con las carpetas intactas podrían organizarse las futuras asambleas.

Al menos así tendríamos la satisfacción de saber que aquellos tres cuadernos de dos rayas, el paquete de cien fundas transparentes y los siete bolígrafos que jamás abandonaron la mochila habrían servido para algo.

Porque si hay una cosa que nunca falta en la educación pública valenciana no son las reivindicaciones.

Son los bolígrafos.

Comentarios


EN TITULARES