LA ADEMUZ DE LA AUTOVÍA, por Blas Valentín
© BLAS VALENTÍN, Casas Bajas | Durante años, muchos valencianos vieron la palabra Ademuz antes de saber qué era Ademuz. Aparecía en los carteles de la autovía, en esa salida familiar para quienes tomaban la Pista de Ademuz hacia Llíria, el Camp de Túria o el interior. Ademuz era un nombre grande, una dirección, casi una promesa de lejanía. Pero cuando uno llegaba de verdad, descubría que aquel nombre tan visible en la carretera conducía a una comarca pequeña, quebrada, apartada, difícil de explicar desde lejos.
En junio de 2006, hace ahora veinte años, surgió en mi unidad la
posibilidad de realizar unas maniobras en el Rincón de Ademuz. La propuesta
nació de un capitán y para mí tuvo desde el principio un significado especial.
Yo era entonces teniente, oficial de complemento, y era de allí. Conocía sus
montes, sus barrancos y sus carreteras, que no se parecen a ningún mapa cuando
uno las recorre de verdad. Durante unos días pensé que la comarca podía dejar
de ser solo mi lugar de origen para convertirse en un lugar operativo: un
teatro de maniobras al que regresarían soldados, vehículos, órdenes y mapas.
Podía figurar, no solo en los carteles de la autovía, sino en una planificación
real.
Subí a Casas Bajas con un capitán para que valorase el terreno. Mi
padre nos recibió y se tomó el asunto con una seriedad que todavía recuerdo.
Conocía la tierra no por referencias ni por planos, sino por haberla pisado
toda la vida. Fuimos al Pinar, a la Barraca Grande, a esos parajes abiertos
donde parecía posible desplegar una unidad. Dijo que aquella era la mejor zona
del pueblo para maniobras. Yo también lo creía. Después visitamos la casa
cuartel de la Guardia Civil de Ademuz. Recuerdo todavía la voz de mando al
anunciar la entrada de un capitán, esa forma antigua con que las instituciones
reconocen la jerarquía incluso en los lugares pequeños.
Yo quería que el Rincón contara. Que aquella comarca apartada,
tantas veces reducida a nombre de carretera, figurase en un plan, en una orden,
en una rutina. Que los montes que para mí eran infancia, familia y memoria
fueran también, para otros, un espacio útil. No una visita excepcional, sino un
lugar al que se volviera.
Pero después llegó la realidad logística. El Rincón era áspero,
abrupto, hermoso, pero estaba lejos. No bastaba con que hubiera monte, espacio
y caminos. Había que llegar, mover vehículos, organizar tiempos, mantener
enlaces, regresar. Calles estaba más cerca de Marines y ofrecía una solución
más sencilla. La decisión fue razonable, seguramente inevitable: las maniobras
se harían en Calles. El Rincón no perdió una batalla grandiosa. Perdió algo más
discreto y más antiguo: la posibilidad de figurar.
Las marchas motorizadas al Rincón llegaron entonces, dentro de
aquellas mismas maniobras, como una compensación menor por una decisión que ya
estaba tomada. Fueron hermosas, pero pertenecían a otra categoría. No
convertían el Rincón en teatro de maniobras; solo lo visitaban. Calles quedaba
incorporado a la rutina militar. El Rincón recibiría durante unas horas
uniformes, vehículos y soldados. Después todo saldría de allí.
Yo iba en cabeza, con mi conductora, cuando empezamos a entrar por
aquellas curvas cerradas, entre laderas cada vez más ásperas. Ella miraba el
paisaje con una mezcla de sorpresa y alegría. “Esto es muy heavy”, dijo. “Qué
curvas. Qué paisaje tan bonito”. Cruzamos el Turia por el puente de Santa Cruz
de Moya, bajamos por las Emes y llegamos a Casas Bajas. Pero la marcha no
terminó allí: quise que vieran también Ademuz.
Pasamos por Casas Altas, tomamos la carretera nueva hacia
Torrebaja, cruzamos el pueblo y desde allí giramos hacia Ademuz. Al verlo desde
la carretera, ya casi llegando, mi conductora dijo algo que no he olvidado:
“¿Pero eso de ahí es Ademuz? ¿Eso tan chiquitito?”. No lo decía con desprecio,
sino con sorpresa. Para ella, como para tantos, Ademuz era un nombre grande de
autovía: la Pista de Ademuz que tantos valencianos nombran sin pensar en el
Rincón, una dirección repetida camino del cuartel, incluso una marca comercial en
la periferia. El lugar real, en cambio, era pequeño, recogido, cabía en una
montaña.
Después completamos la marcha y regresamos a Casas Bajas. Los
vehículos quedaron aparcados junto al camino de la huerta y el del molino.
Algunos soldados descansaron cerca del río. La mayoría entró en el pueblo;
varios fueron a los bares, recorrieron las calles y cruzaron la plaza. Durante
unas horas, Casas Bajas tuvo una presencia extraña: una columna de soldados y
vehículos detenida en un lugar que no estaba hecho para esa clase de relato.
Aquel comentario —“¿Pero eso de ahí es Ademuz? ¿Eso tan
chiquitito?”— encerraba una verdad que entonces no supe formular. Hay lugares
que figuran en los carteles, pero no en los planes. Lugares que existen como
nombre, como salida, como dirección, pero que apenas pesan cuando llega la hora
de decidir rutas, servicios, proyectos o simples desplazamientos. El Rincón de
Ademuz pertenece a esa clase de territorios: anunciado desde lejos, conocido de
oídas, visible en la carretera, pero difícil de incorporar a la vida práctica
de quienes no tienen allí una raíz.
Desde entonces pienso que algunos lugares viven una doble vida:
una en la carretera y otra en la tierra. En los carteles parecen grandes,
inevitables, casi centrales. Cuando se llega a ellos, se estrechan. Pero a
veces esa pequeñez contiene más mundo que el nombre que la anuncia. La Ademuz
de la autovía era una dirección. La del Rincón era otra cosa: una comarca
apartada, una escala distinta, un lugar difícil de llevar a los planes.
Yo no conseguí que el Rincón entrara en aquellos planes. No fue
una gran derrota, pero tampoco fue nada. Aquel día comprendí que mi tierra
podía estar escrita en los carteles y, aun así, seguir quedándose fuera de casi
todo: de las rutinas, de los servicios, de los proyectos, de esa vida diaria
que no se sostiene con visitas, veranos ni temporadas.







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