Nace mi Partido Independentista del Rincón de Ademuz
© Por Álvar Yáñez del Rincón | Hay ideas que nacen en una sobremesa, otras en un despacho ministerial y algunas, las más peligrosas, en la cola del horno mientras uno espera el pan. El otro día, entre una barra candeal y una magdalena de las de toda la vida, escuché la propuesta definitiva para resolver los males del Rincón de Ademuz: fundar un partido independentista.
No uno cualquiera. No una agrupación de vecinos con cuatro folios grapados
y una foto desenfocada en Facebook. No. Hablo del Partido Independentista del
Rincón de Ademuz. El PIRA.
Solo el nombre ya merece una legislatura.
PIRA. El Rincón se PIRA. La gente se PIRA. Los jóvenes se PIRAN. El médico
se PIRA, el autobús se PIRA, la fibra tarda tanto que cuando llega ya se ha
PIRADO internet. El banco se PIRA, la gasolinera amenaza con PIRARSE, y hasta
el GPS, cuando entra en el Rincón, parece dudar un momento y decir: “Mire, yo
por aquí no me meto”.
Así que, pensándolo bien, quizá no sea tan mala idea. Si todo el mundo se
pira del Rincón, ¿por qué no iba el propio Rincón a PIRARSE también?
El programa político del PIRA sería sencillo, realista y profundamente
rincón-ademucero. Primera medida: declarar la independencia emocional. Porque
administrativa ya da un poco igual. El Rincón lleva siglos tan lejos de
Valencia, de Teruel y de Cuenca que uno sospecha que, en realidad, ya somos una
isla. Una isla de montaña, sí, con almendros, nieve cuando toca y más curvas
que una serie turca, pero una isla al fin y al cabo.
La bandera podría ser una señal de “curva peligrosa” sobre fondo verde. El
himno, directamente, el sonido de una ambulancia tardando cuarenta minutos en
encontrar cobertura. Y el escudo, un coche aparcado delante del consultorio
médico un martes, porque eso ya sería un símbolo de prosperidad.
El PIRA exigiría cosas revolucionarias. No ministerios ni embajadas. Qué
va. El PIRA pediría una cosa escandalosa: que el autobús pase más de una vez al
día y no a una hora pensada claramente por alguien que odia a la humanidad. El
PIRA pediría que un chaval pueda estudiar sin tener que hacer más kilómetros
que Marco buscando a su madre. El PIRA pediría que abrir un negocio en el
Rincón no sea una actividad de riesgo comparable a practicar puenting con una
cuerda de esparto.
Naturalmente, los grandes partidos reaccionarían enseguida. Vendrían en
campaña, como vienen siempre, a hacerse la foto junto a una fuente, un frontón
o una oveja estratégicamente colocada. Dirían que entienden perfectamente los
problemas del territorio, porque una vez, hace años, atravesaron Ademuz camino
de la playa y les pareció “muy bonito”.
Y prometerían lo de siempre: carreteras, médicos, cobertura, ayudas,
futuro. Todo eso que llega con la misma puntualidad que los trenes del Oeste.
Es decir, ninguna.
Por eso el PIRA tendría tanto éxito. Porque no haría falta convencer a
nadie. Bastaría con poner una pancarta en cualquier pueblo del Rincón con el
lema:
“Si no nos hacen caso, nos PIRAMOS”.
Y debajo, en letra pequeña:
“Total, ya llevamos años haciéndolo”.
La sede del partido estaría, por supuesto, en un bar. Que es donde se
gobiernan de verdad los pueblos. Allí se aprobarían los estatutos entre un
carajillo y una partida de guiñote. Allí se decidiría la estrategia
internacional: mandar una carta a Andorra, otra a Gibraltar y otra a la
República Independiente de Escañuela, a ver si nos reconocen.
No faltaría quien se tomase la idea demasiado en serio. Saldría alguno
proponiendo acuñar moneda propia. Se me ocurre una. El Euro Esperiego. El
Esperiego equivaldría a dos cafés y medio o a una bolsa de pipas en la tienda
del pueblo. También habría quien pidiese pasaporte para entrar en Castielfabib
y aduanas en Casas Altas, aunque en realidad todos saben que el único control
fronterizo de verdad es cruzarse con el rebaño de Mariano en mitad de la
carretera.
Pero el fondo de la broma, como todas las buenas bromas, tiene algo de
verdad. Porque el Rincón no quiere irse de ningún sitio. Lo que quiere es dejar
de sentirse fuera de todos. Lo que pide no es independencia, sino existencia.
Que no haya que montar un partido con nombre de despedida para que alguien
recuerde que aquí vive gente.
Quizá por eso el PIRA acabaría ganando las elecciones. No por
independentista, sino por hartazgo. Porque hay territorios que no sueñan con
separarse: sueñan, simplemente, con que un día alguien deje de tratarlos como
si ya se hubieran PIRADO.






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