miércoles, 26 de agosto de 2020

¿Cuánto hace que no ves una luciérnaga?


© Gustavo Duch | La buganvilia cubriendo las paredes de piedra de una magnífica masía y junto a ella una mesa colmada de buenos alimentos que una alegre familia se dispone a compartir acompañados por una música que no sabemos de dónde sale. 

Dos parejas guapísimas bailando al calor de una hoguera una noche de luna llena en una playa mediterránea, mientras saborean cervezas bien fresquitas… De un tiempo a esta parte, estas son las imágenes estereotipadas del verano que se nos presentan enlatadas en una pantalla.
Para generaciones como la mía, que ya acumulamos mucha juventud, el verano estaba asociado a otras expresiones como, por ejemplo, el electrizante espectáculo de observar la aparición de las luciérnagas. Pregunto, ¿cuánto hace que no se encuentran con uno de estos gusanos de luz? Lamentablemente conozco la respuesta mayoritaria: varios años, muchos años.
La ciencia nos explica muy bien que la desaparición de las luciérnagas y millones más de especies animales y vegetales, se puede considerar como la sexta extinción. En Europa, por poner algunas cifras sobre la mesa, las poblaciones de aves agrarias y de las mariposas de pastizales, que dicen son buenos indicadores de la globalidad, han disminuido en más de un 30% desde 1990 hasta ahora. En el caso concreto de Catalunya, el pasado diciembre del 2019 la Generalitat hizo pública cifras que indican que tenemos el 75% de las especies “en estado de conservación desfavorable”.
A diferencia de las cinco anteriores extinciones cuyas causas fueron fenómenos naturales como meteoritos o glaciaciones, una especie de dos patas, que dicen es racional, es la responsable de esta agonía. Si seguimos en el maravilloso reino de los insectos, el informe titulado ‘El Atlas de los Insectos’- recientemente publicado por Amigos de la Tierra y la Fundación Heinrich Böll- confirma que su brutal declive se debe, con absoluta seguridad, al uso de los pesticidas en los sistemas de agricultura industrial. Qué paradójico resulta que se permitan unas prácticas para producir alimentos que, acabando con los insectos, no solo elimina emociones lumínicas o molestosas picaduras, sino que pone en riesgo justamente el abastecimiento alimentario. Porque como explica el documento, “los insectos mantienen el sistema ecológico del planeta en funcionamiento y aseguran nuestro suministro de alimentos: el 75% de nuestros cultivos más importantes dependen de la polinización de los insectos, los insectos mejoran la calidad del suelo y reducen las plagas de las plantas al descomponer el estiércol y la materia vegetal muerta”.
Daría un poco de luz al futuro la aparición de alguna decisión política valiente que confinara el negocio de las tres todopoderosas multinacionales que controlan el 70% de la comercialización de pesticidas en el mundo e impidiera el ecocidio que nos está suicidando. Me temo que, como las luciérnagas, la valentía política está prácticamente extinguida.
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