sábado, 29 de febrero de 2020

“La crisis del coronavirus puede ser el detonador para otra más grave y de nefastas consecuencias: la del porcino”


+ TURIA | “Que un diminuto coronavirus haya acorralado al capitalismo globalizado tiene un punto poético” | Basta que el agente infeccioso microscópico de la peste porcina supere fronteras y afecte a nuestras granjas
© Gustavo Duch | Me dirán ingenuo, aun siendo consciente que tiene mucho de dramático, pero que un diminutísimo coronavirus haya acorralado al capitalismo globalizado tiene un punto poético. Un supercongreso mundial de la supertecnología de los móviles y sus superconexiones se ha visto indefenso frente a un invisible, multiplicando consecuencias en el sector turístico, de transportes o en el alimentario. 

Lógicamente, en la propia China las consecuencias son mayores y muchos polígonos y fábricas que suministran componentes de automoción o informáticos, por ejemplo, están paradas provocando problemas en cadena en todo el mundo.
También en China, otro espécimen vírico está haciendo estragos en sus piaras. Las megagranjas chinas especializadas en el engorde en tiempo récord de cerdos no pueden hacer frente a la expansión del virus de la peste porcina africana y ya se ha reducido en un tercio su número de animales. Una crisis que está provocando, cual milagro evangélico, la multiplicación del número de cerdos en nuestro territorio. No hay justificación ambiental posible ante este despropósito: recibir lechones de Holanda para engordarlos con soja de Brasil y mandarlos criaditos a China después de dejarnos la tierra y las aguas apestosas, es insostenible. Es una cadena de montaje que, eslabón a eslabón, estrangula a nuestro planeta Madre. Pero tampoco se puede justificar con el argumento de que genera riqueza, como hace el sector industrial porcino de la mano de la administración. Bien al contrario, a más macrogranjas, a más éxito de la industria porcina, menos pequeña ganadería y agricultura sostenible, menos vida en el mundo rural.
Me pregunto, ¿nos daremos cuenta algún día de la fragilidad de este modelo de economía globalizada? El caso de la industria porcina puede ser un buen ejemplo porque su implosión puede ocurrir con mucha facilidad. Basta que el agente infeccioso microscópico de la peste porcina supere fronteras y afecte a nuestras granjas o bien que el virus del libre mercado arrincone al sector con ofertas más baratas. Me explico, Argentina –una de las repúblicas de la soja junto a Brasil, Bolivia y Paraguay– también se está dejando engatusar por los encantos de China, que le ofrece unas inversiones de 27.000 millones de dólares para poder producir 100 millones de cerdos en los próximos ocho años a un coste por kilo bastante más bajo que el producido en Europa. La propia crisis del coronavirus, de hecho, si se alarga, puede ser el detonador. Algunas empresas del sector porcino ya están viendo afectadas sus exportaciones por las restricciones de transporte impuestas en la potencia asiática.
Crecer en un mundo finito ya sabemos que es imposible. Una primera manera de frenar el camino al precipicio pasa claramente por la relocalización de las economías. En agricultura, se trata de apostar por modelos agroecológicos a pequeña escala, orientados a la alimentación de la población local generando trabajo digno. ¿Cuándo nos infectará el virus de la relocalización?

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