miércoles, 11 de diciembre de 2019

El enterrador de Andilla


+ TURIA | “Cuando murió mi madre nadie quería hacer la sepultura y yo le hice el hueco y le eché la tierra. Se me partía el alma...”
© Mª Ángeles Arazo – Las Provincias | Tenía carácter. El viejo me hizo sentar a su lado, en el poyo de la casa, y cuando dijo que había recorrido el mundo, porque empezó a los ocho años, y advirtió mi gesto de extrañeza, exclamó: «¡Recontra, que es verdad...! Vino al pueblo Juan Candela, el ciego de Canales, un pueblecito de Castellón que está a hora y media de aquí. 

El ciego buscaba un niño para que le acompañase. '¿Qué le darás?', preguntó mi padre. 'Medio real cada día; comerá lo que yo y dormirá donde me hospede'. 'Pues llévatelo porque es espabilao', contestó mi padre. Aprendí a tocar la bandurria y cantaba las oraciones y los crímenes. En el burro llevábamos la ropica, la guitarra del ciego y mi bandurria. Juan Candela montaba si los caminicos eran malos, pero yo nunca, porque me decía: 'Así te haces fuerte'».
Me contó que la oración que más le gustaba era la de la Virgen del Pilar, que narraba la historia de un hombre de Calanda al que cortaron una pierna, y a los cuatro años y cinco meses, con la pierna «muerta y enterrada», le pidió a la Virgen que se la devolviese. Carraspeó para cantar: «Se acostó a la cama / y por la mañana / se encontró la pierna / sana como estaba».
Los ojos le goteaban despacio por las mejillas de piel como la cera, pero él se quita las lágrimas, alzó la barbilla y sonrió para seguir recordando más milagros, y el crimen de Teresa Balaguer, la moza de Alboraya que llevaba una cestita de huevos para venderlos en el mercado, pero en el camino la salió un hombre que la apuñaló para violarla. «Los pechos se los segó -añadió con voz baja-, ¡zas...!, ¡zas...!, y la dejó planica».
Cuando creció, el ciego lo devolvió a su casa y buscó otro crío más bajito para impresionar a la gente. Se hizo mozo, se casó, tuvo hijos y se trabajó en lo que nadie quería, como de enterrador en Andilla y La Pobleta. Con amargura confesó: «Cuando murió mi madre nadie quería hacer la sepultura y yo le hice el hueco y le eché la tierra. Se me partía el alma... Y eso que pienso que la muerte es un descanso. Aquí se acaba todo. Se cierran los ojos para siempre y ya está». Me cogió las manos y añadió: «Como un sueñecico largo».

No hay comentarios:

Publicar un comentario