miércoles, 25 de diciembre de 2019

Amadeo Laborda: el hombre, la tierra y la palabra


Pensamos que así es, por decreto divino, que el Día de Navidad debe ser un día de alegría. Pero no lo es. Hoy al menos. No lo fue ayer tampoco. Desde que trascendiera la amarga noticia. Nos ha dejado Amadeo Laborda. No dedicaremos aquí una necrológica a su figura, porque no queremos que las decenas de noticias que Amadeo nos legó acaben con un epitafio curricular.
Escribimos, escribo, esto en primera persona. Quizás por vez primera no sea + Turia quien redacta, sino Raúl, ni siquiera el periodista, la persona, la que mano a mano conoció a Amadeo. Porque él, el escritor, la persona, ha sido una de las pocas personas que, tesón y pluma en mano, logró romper la distancia (la enorme distancia) que separa al redactor del lector a través de esta pantalla que nos impersonaliza.

Llevo toda la noche, esta Nochebuena que debiera ser tal, buena (pensamos que así es), pensando las palabras que dedicar a mi amigo Amadeo. Y solo tengo el pesar de que nos quedó disfrutar de una tertulia literaria. También tengo la alegría de que, en el tiempo, la forma y la materia que nos dispongamos, la acabaremos teniendo.

Descansa en paz, Amadeo.

Raúl Rentero


Por su exacto homenaje, traemos las palabras dedicadas a Amadeo por Juli Capilla, editor y amigo del escritor.

Amadeo Laborda: el hombre, la tierra y la palabra

Ha muerto Amadeo. Y no nos lo creemos. Nadie da crédito a la noticia, a la triste y desgraciada desaparición de Amadeo Laborda. Nadie. Ni los más íntimos ni los que si quiera lo conocieron de lejos, de soslayo o muy frugalmente. Ha muerto el amigo, el compañero, el padre, el hijo, el hermano. Y no nos lo creemos. No queremos. Pero la verdad es terca como una piedra insensible; como el agua, como el viento, como la tierra rolla de Pedralba. Ahora el viento corretea perdido y ensimismado por entre las crestas de la Torreta, allá en la cima de la montaña, oteando la sombra insoslayable e impertérrita del hombre, de Amadeo. Porque aún te vemos por las calles de Pedralba, Amadeo; en invierno, con tus andares mozos, con tu deambular errante e inconfundible. En la herrería del tío Cuevas; en casa de tu tío abuelo, en la calle Bugarra, la casa que tú reformarías con entusiasmo y empeño unos pocos años más tarde. Te vemos en las fiestas del pueblo, en las verbenas de todos los veranos que se organizaban en las escuelas viejas, engalanadas con las banderas multicolores de las nacionalidades de una Europa que entonces se nos antojaba ajena y lejana. Qué pena tener que escribir estas líneas. Que tristeza más grande; tan profunda como los surcos irregulares que cavabas para hacer caballones en la tierra. La tierra que a partir de ahora –qué pena más grande– te dará cobijo, un abrigo extraño y hostil como el frío. Y, sin embargo, aún te ilumina una lumbre. Todavía te alivia el calor de los tuyos, en tu recuerdo, en nuestra memoria. Una memoria que jamás, jamás, te olvidará. Nunca te olvidaremos, Amadeo. Porque entre nosotros hubo –¡hay!– un hilo que nos une con fuerza. Más aún, una maroma que nos arrastra hacia ti, como una sangre voraz que todo lo engulle, como la corriente de un río que nos acerca a ti y nos hace por siempre inseparables.
Llegaste el último y te fuiste el primero. Qué pena más grande. El día que viniste andábamos enredados en los últimos estertores de la infancia y tú nos rescataste del hoyo para lanzarnos al meollo de la vida de un solo soplo. Y allí nos pusiste, patas arriba en favor del mundo, cuesta abajo hacia la vida. La juventud en su máxima esplendor. Era bello el momento, y la caricia. Y descubrimos cómo era en verdad el pueblo de Pedralba, la buena gente del pueblo. Un pueblo a la orilla de un río en el que nos escabuzeábamos sin miedo, como si fuera eterna la vida, como si el tiempo no fuera tiempo sino una sucesión de escenas olvidadas sin fin, sin tempo y sin deslices. Fuiste bueno. Un buen hombre. Un amigo fiel. Sin malas artes y sin desmanes. Nunca te oímos una palabra más alta que la otra. Nunca. A lo sumo, un leve murmullo, una queja insignificante, que se acallaba en un abrir y cerrar de ojos; que se desvanecía en pro de la concordia, a beneficio de inventario de la mayoría. Jamás te vimos enfadado o molesto. Eras discreto y contemporizador. La bonhomía era tu única estrategia ante la controversia. Te hacías entender. Tenías tus razones. Eras locuaz como nadie. Y nadie te ganaba en la palabra. En la palabra noble y sincera; cabal, como dirían en Pedralba, el pueblo de tu madre. Vuestro pueblo y el nuestro, incluso el de los forastericos como nosotros. Nos queda tu palabra, Amadeo. Tu palabra escrita, pero sobre todo tu palabra viva, amable e ingeniosa. Eras inteligente y ocurrente. Ilusionante hasta la saciedad maravillosa de la fantasía. Así se construye el mundo. Así se hace la vida, como los panes y los bufones de la panificadora en la calle Rocheta de Pedralba. Queda tu memoria. La memoria de tu nombre. Tu ausencia dolorosa. Tu evocación de alambre sobre el que se posarán cada día los pajaricos cautivos del pueblo. Tu vocación de escritor haciéndose eco entre los hilos telefónicos, donde las golondrinas del otoño y las lechuzas nocturnas; los renglones torcidos donde vertiste con gracia infinita tus versos de antaño, tus bellas historias. Ha muerto Amadeo y no nos lo creemos. Y nos sentimos extraños sin él, más pobres sin ti: tan huecos y vulnerables y enclenques y solos y estúpidos y pequeños e inútiles como los huecos abiertos de los troncos falsos de las garroferas. Ha muerto el amigo. Ha muerto el padre y el hijo. Ha muerto el hermano. Gracias por todo, Amadeo.

Juli Capilla, editor i, sobretot, amic d’Amadeo Laborda

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