EN LOS ENTIERROS, por Blas Valentín
© BLAS VALENTÍN. Casas Bajas | Jesús María Fernández Silva, diácono sevillano, es un hombre en quien la fe parece haber tomado forma cotidiana. No la lleva como adorno ni como costumbre de familia. Tiene humor, cordialidad, una manera antigua de estar en el mundo. Sabe reír y hacer reír, pero cuando habla de la fe se le nota una seriedad de fondo. Lo he oído pronunciar una homilía en su parroquia de Sevilla. No hablaba para embellecer la fe ni para hacerla más fácil. Hablaba desde dentro de ella.
Por eso, cuando un día me dijo que se sentía más cerca de la verdad
de su ministerio en los entierros que en los bautizos, la frase
no me sonó a ocurrencia. Podía entenderse mal. Venía, sin embargo, de alguien
que sabe qué está diciendo cuando habla de Cristo, de la muerte y de la
esperanza.
"En un entierro el muerto
está delante. Esa es la diferencia. Ya no está en la cama, ni en la casa, ni en
la conversación de los suyos".
En los bautizos, venía a decirme, hay alegría, familia,
fotografías, niños vestidos para la ocasión, conversaciones cruzadas, cierta
prisa por que todo salga bien y termine pronto. La vida aparece allí de frente,
en un cuerpo que empieza. Pero alrededor se levanta mucho ruido. Todos miran al
niño, al traje, a los padres, a los móviles, a la comida posterior. Lo importante
queda, al cabo, rodeado de ruido.
En los entierros ocurre otra cosa. La gente entra más despacio.
Baja la voz antes de proponérselo. Se sienta junto a los suyos, mira al suelo,
busca una mano, reconoce rostros que el tiempo había apartado. El pésame, el
abrazo torpe, el banco de madera, las flores, los ojos de quien ha pasado la
noche sin dormir. Allí todo pesa.
En un entierro el muerto está delante. Esa es la diferencia. Ya no
está en la cama, ni en la casa, ni en la conversación de los suyos. Está allí,
dentro de una caja, cerrado ya para este mundo. La familia lo sabe. Lo que pesa
no es solo la muerte. Es que ya no vuelve.
Por eso las palabras duran poco si llegan demasiado hechas. La
familia no necesita frases brillantes. Tiene delante una pérdida sin arreglo.
Una frase bien dicha no basta. En un entierro, la esperanza no puede sonar a fórmula.
"No hablaba de los entierros
por gusto sombrío ni por preferencia ceremonial. Hablaba desde su fe y desde su
ministerio".
En los entierros se entiende mejor por qué ciertos pasajes del
Evangelio siguen golpeando aunque uno los haya oído muchas veces. Ante la tumba
de Lázaro, Cristo no habla desde lejos. Llega cuando Lázaro lleva cuatro días
en el sepulcro. Encuentra una casa tomada por el llanto, escucha el reproche de
Marta, ve llorar a María, se conmueve, pregunta dónde lo han puesto. La escena
importa porque no trata de la muerte en general. Trata de una muerte concreta.
Y allí dice: “Yo soy la resurrección y la vida”. La frase no
suena igual leída en abstracto que pronunciada ante una familia que acaba de
perder a alguien. En un entierro, esas palabras quedan sometidas a una prueba
inmediata. O cargan con algo de verdad, o se caen. Las sostiene, si pueden
sostenerse, la gravedad del lugar en que se dicen.
Ahí entiendo mejor lo que decía el diácono sevillano. No hablaba
de los entierros por gusto sombrío ni por preferencia ceremonial. Hablaba desde
su fe y desde su ministerio. Allí tiene delante a una familia,
un cuerpo que ya no vuelve y una ausencia que empieza a ordenar la casa de otra
manera.
"En los entierros se mira la
vida que ha pasado por nosotros y se pregunta, sin decirlo, si todo aquello fue
solo tiempo".
Puede haber en la iglesia quien crea mucho, poco o nada. Puede
haber quien lleve años sin pisarla. Otros están allí por parentesco, por
educación, por deber. Pero durante unos minutos la muerte quita ruido.
La pérdida deja a todos bajo la misma intemperie. Entonces una palabra sencilla
puede hacer más que un discurso brillante.
En los bautizos se mira la vida que empieza. En los entierros se
mira la vida que ha pasado por nosotros y se pregunta, sin decirlo, si todo
aquello fue solo tiempo. Si el amor dado, las manos, las tardes, los cuidados,
las comidas, las frases repetidas en una casa, los años enteros de una persona,
pueden
desaparecer del todo.
Quizá por eso, en un entierro, muchos esperan algo más que
consuelo. Esperan
que alguien diga, sin mentir, que esa vida no queda reducida a una fecha, a una
caja, a unas flores. Que hay una morada para lo que el mundo ya no puede
guardar. Que la vida no ha sido en vano.






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